POLPRESS. Soheila Golestani, protagonista de La semilla de la higuera sagrada, no pudo asistir a los Oscar porque Irán le ha retirado el pasaporte. Como en una secuela distópica de la película, se enfrenta a 74 latigazos y una pena de prisión por «propaganda contra el régimen»
Del embrión de las mayores protestas por los derechos de las mujeres que han sacudido Irán en la última década, ha surgido una ficción aclamada por la crítica internacional que le valió una nominación a los Oscar como mejor película de habla no inglesa. La semilla de la higuera sagrada, en alusión al árbol que emponzoña a su paso todo lo que encuentra para poder crecer, es una crítica mordaz al régimen teocrático iraní a través de una familia cada vez más dividida por la sospecha, la represión y la corrupción moral de un sistema. Su director, Mohammad Rasoulof, se ha visto obligado a pasearse solo por los festivales de cine del mundo con el retrato de una mujer en la mano: la de su actriz protagonista, Soheila Golestani, que no puede salir de Irán.

Las autoridades iraníes han cancelado el pasaporte de Golestani. La acusan de «propagar corrupción en la tierra y propaganda contra el régimen», dos acusaciones por las que podría afrontar más de un año de prisión, además de un castigo físico habitual por distintos tipos de delitos –desde políticos a tráfico de drogas–: 74 latigazos.
En la película Golestani encarna al personaje de la madre de unas jóvenes que se unen a las protestas feministas y se enfrenta al Estado –encarnado por la creciente desconfianza, paranoia y presión de su marido–. Ahora, como si fuera una secuela distópica de La semilla de la higuera sagrada, la actriz sufre en su propias carnes las consecuencias de la ola de represión que vive el país tras las protestas de mujer, vida y libertad desatadas hace dos años por la muerte en custodia policial de la joven Mahsa Amini, detenida por no llevar el velo islámico.
La intérprete, que no pudo huir de Irán debido a un ingreso hospitalario, está ahora a la espera de la decisión del régimen. Pero no se arrepiente de haberse quedado en su país, y de hecho ha declarado que prefiere estar en su tierra con los suyos, a pesar de enfrentarse a un castigo penal. «Quedé varada debido a mi operación. Pero abandonar mi hogar y mi tierra es una decisión personal, tan única para cada persona como sus huellas dactilares. Quería quedarme y afrontar el impacto de lo que había hecho y mi derecho a hacerlo», ha señalado la actriz en una entrevista con The Times.
Nacida en Teherán hace 44 años, Golestani se abrió camino en el mundo de la interpretación a través del teatro, un tipo de ficción menos expuesto a las normas impuestas para los productos audiovisuales tras la Revolución Islámica de 1979, por las que se forzó la desaparición de las mujeres libres, las melenas al viento, las muestras de afecto y las críticas al Gobierno. La actriz dio el salto a la televisión con series románticas y de comedia pero le llegó la fama en el cine con un papel en Tenemos un invitado, un drama sobre una familia golpeada por la guerra entre Irán e Irak.
Fue precisamente el realismo que planteaba La semilla de la higuera sagrada lo que la empujó a aceptar su papel protagonista pese a los riesgos que conllevaba el film. Golestani conoce de primera mano que es sufrir la presión judicial. Tras las protestas de mujer, vida y libertad, pasó medio año en la prisión de Evin –cárcel política donde fue encerrada la Nobel de la Paz Narges Mohammadi– por participar en un vídeo en el que se descubría el cabello y reivindicaba la libertad de las mujeres, de nuevo, usando su cuerpo como campo de batalla contra el régimen.
«La represión ha aumentado tras las protestas de mujer, vida y libertad. Todo lo que se consideraba una crítica contra el régimen ahora es una gran amenaza contra el régimen», explica N., una activista miembro del Comité de Reporteros de Derechos Humanos de Irán que vivió de cerca el proceso de rodaje del film. «Esta represión muestra la valentía de las mujeres que siguen exponiéndose a pesar de las amenazas de castigos. Pero también la debilidad del régimen, que parece temblar con tales osadías», sentencia.
EL MUNDO
Lara Villalón

